«¿Por qué siempre debo tirar la toalla conmigo mismo?»
¿Por qué? ¿Por qué siempre he sido rechazado? ¿Qué hice mal? ¿Qué hay de malo en mí?
A veces me pregunto si existe otra vida; otra vida en la que fui una persona horrible y ahora estoy pagando todos los pecados de ese «ser» que, en esta vida, jamás sería.
Desde pequeño juego solo. Me refugio en mi burbuja, aunque a veces me entran ganas de llorar y hacerla estallar; de gritar para que todos escuchen el dolor que guardo en mis entrañas. Pero no soy capaz. ¿Seré un cobarde por ello?
¿Por qué dejo que todos me vejen, me insulten y difundan calumnias sobre mí sin hacer nada real para remediarlo? ¿De verdad fui tan buena persona ayer y tan mala persona hoy? ¿Puede ese «ser» ser tan irresponsable o, acaso, soy yo quien lo es?
Mis demonios me piden que haga estallar todo, pero silencio sus voces para que nadie se sienta mal, excepto yo mismo. Yo mismo soporto, cada día, un maltrato verbal que acaba hiriéndome mentalmente por parte de aquellos monstruos que desean verme muerto o convertido en una mala persona. Y eso me lleva a la siguiente cuestión: «¿Debería estar muerto o, en el fondo, soy una mala persona? ¿Por qué por la mañana me aman y por la noche me odian?»
Riego cada día flores marchitas dentro de mi mente y de mi corazón, y ninguna llega a echar raíces fuertes. ¿Debería tirar la toalla? ¿Debería dejar de regar estas flores que no quieren crecer en mi alma ni en mi mente? ¿Debería rendirme conmigo mismo?
Y la pregunta clave es: «¿Por qué siempre debo tirar la toalla conmigo mismo?». Acaso, ¿las demás personas no tienen monstruos? ¿No son también malas personas que fingen no serlo?
¿Cuántos saludos diarios serán una muestra de falsedad? ¿Cuántos esconden a auténticos orcos tras una sonrisa? ¿Por qué me lo pregunto yo, si siempre actúo de buena fe? ¿Es, acaso, una señal de que quizá las bestias carecen de conciencia emocional?
Y cuán triste sería vivir en una sociedad formada por personas que cuestionan cada acto que realizan, preguntándose si obraron lo suficientemente bien, mientras otras no se cuestionan absolutamente nada: ni el bien ni el mal de sus acciones. ¿Permitiría ese «ser» omnipresente que la vida fuera así de triste?
Cada vez me planteo con más frecuencia que todo ser humano está solo y perdido en este universo lleno de aristas y de bestias; en un mundo donde el solo de un piano triste parece envolver cada vida.
Sin embargo, he hablado tanto de la «fe» que me pregunto: ¿cómo quedaría mi alma si no le concediera una oportunidad más? Un día más para la esperanza y una noche más para creer en la virtud del «ser».
José Manuel Bernal López
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