¿Por qué no morí ese día ensangrentado?
No morir aquel día es una pregunta que me suelo hacer con demasiada frecuencia,
¿Me salvó mi ser de luz Judith? ¿Me salvó Dios? ¿Me salvé a mí mismo sin
quererlo? Sin ningún tipo de preámbulo la respuesta es: «No lo sé».
A veces tampoco quiero saber porque no fue como todo predestinó a ser y mi
destino se torció a favor de mi alma, quizá no quisiera saber que hubiera sido de
Judith sin mí, de mis seres queridos ante tal pérdida, ¿Quién sabe? o mejor dicho;
¿Quién diablos sabe? ¿Por qué los ángeles de mis hombros ganaron una batalla de
una guerra que llevaban perdiendo tantos años?
Sinceramente, creo que ni ellos saben cómo ganaron esa batalla tan feroz con arcos
sin flechas y contra monstruos de lava. ¿Quién pudiera ser Dios para saber lo que
ocurrió aquel día para no perecer?
A fin de cuentas mis ángeles siguen en mis hombros y se van sumando otros mucho
más importantes y con más luz que el anterior irradiando mi alma interior por
completo de paz y amor.
¡Ay! Cuántos «gracias» y «te quiero» no dije, cuánto lamento cubrirá mi corazón y
mi ser por no decir las palabras que sentía por miedo. Que pena me da, que no me
doy; esos tiempos ya pasaron. Esas pesadillas y esa baja autoestima ya se está
esfumando.
Sin embargo, doy las gracias a todas aquellas personas que me llevaron al límite de
la pérdida de mi cordura y a la prisión de emociones de mi corazón debido a que
ellos me enseñaron a amar sin alma, sin corazón y sin respeto. Y por suerte, puedo
amar con alma, con corazón y con respeto a todos mis ahora seres queridos que
han luchado y demostrado deber tener un puesto en mi ser, debido a que deben
tener ese lugar.
Y con más cariño y amor doy las gracias a todos aquellos que aún sabiendo que
estoy roto, debido a que la recuperación es lenta y costosa en todos los ámbitos, me
apoyaron y estuvieron ahí para mí incluso cuando ni yo quería estar para mí.
José Manuel Bernal López.
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